domingo, 14 de agosto de 2011

Las señoritas no viajan en taxi

Tengo una clase este semestre con una maestra que está empeñada en que hablemos correctamente, cuando yo lo único que quiero hacer es hablar frente a todos. No me importa si está bien o mal, solo quiero aprender a poner mi punto de vista en lo más alto de la pirámide. Pero bueno, hasta ahora no me cae mal mi profesora, sobretodo porque compartió con nosotros un texto escrito por Tamara de Anda. Me gustó tanto que quiero compartirlo con ustedes:

Me cae gordísimo que la gente me diga que debería comprar un coche. “Con todo lo que pagas de taxis ya podrías tener tu camioneta de señora”, me dicen mis followers cada vez que tuiteo para quejarme de que me distraje tantito y el taxista ya anda camino a Cuajimalpa cuando yo nomás quería ir al Centro. Pero hago cuentas y con todo y la desorientación crónica de esos güeyes, y aunque me decidiera a andar en puro coche de alquiler y botar el Metro y Metrobús, eso sale más barato que el combo
mensualidad+estacionamientos+tenencia+multas+vienevienes+hojalatero+
gasolina+seguro+vestiduras-de-peluche-estampado-de-tigre.

Además ni sé manejar y, en caso de aprender, sería un peligro para México.

Así que me quedo con los taxistas, que diario me cobran 13 pesos al trabajo (siempre digo que me voy a pie, porque el prevenimss y bla, pero la verdad es que generalmente voy muy tarde para la caminata matutina). Y si por alguna razón tengo que ir a Santa Fe (blaaaarrgh), me voy en “taxi de la muerte”, los que están afuerita del Metro Tacubaya y que en las mañanas embuten a cuatro oficinistas olorosos a perfume y champú para dejarlos en la puerta de su oficina por sólo 20 o 25 pesos, dependiendo si es más allá o más acá del centro comercial. Su conocimiento de los atajos es asombroso, y hay un cachito de Constituyentes que a veces se echan en sentido contrario con tal de deshacerse pronto de su tanda de trajeados y regresar a cargar más pasaje. A pesar de su innegable salvajismo al volante, se enojan si te escuchan decir “taxi de la muerte”, así que ellos intentan hacerse llamar “taxis de la vida” (gran aptitud para los atajos, nulo talento como creativos de publicidad), pero nadie les hace caso.

Aparte de los “taxis de la muerte” están los “taxis de montaña”, en el sur extremo de la ciudad de México, que son los que hay que tomar ahí donde se acaba el Metrobús para ir a casa de mi mamá, que vive en San Andrés Totoltepec. No entiendo qué los hace “de montaña”, porque son Tsurus normales y no camionetas 4x4; tampoco veo que traigan a un San Bernardo con un barrilito de licor en el pescuezo para rescatar a los alpinistas con hipotermia del Ajusco. Pero así se llaman, y fue un taxista de montaña el que le contó a mi mamá esta historia, que está tan buena que yo elijo creer que es verdadera. Resulta que a principios de los setenta, para construir el Colegio Militar, el gobierno no sólo compró un cacho de San Andrés Totoltepec y San Pedro Mártir, sino que acordó con los terratenientes que aparte del dinero podían pedir mejoras para los pueblos. Mientras los de San Pedro, muy civilizados, pidieron alumbrado público, pavimentación y drenaje, la solicitud de los sanandresinos fue un reloj de oro para cada uno y que en la iglesia (del siglo XVIII pero “restaurada” para que se viera “moderna”) pusieron un reloj gigante que mirara al techo para que se viera desde los aviones y los pasajeros dijeran: “¡Es el reloj de San Andrés!”. Por supuesto, no pasan aviones por ahí.

Por eso, a diferencia de casi todo mundo, me gusta que los taxistas platiquen, porque a veces tienen historias así de buenas. A veces no, y cuentan las mismas de siempre, pero lo mismo me divierten. Por ejemplo, la de que una chava muy hermosa se sube al taxi y que “se les ofrece”, y entonces: 1) “pasa lo que tiene que pasar”, como si fuera canción de Arjona; 2) el taxista dice “con todo respeto señorita yo le soy fiel a mi mujer”, o 3) la chica en realidad es una asaltante y amenaza con que, si él se niega a soltar la lana, se va a quitar la ropa y gritar que quiso abusar de ella. 

La otra clásica es que el taxista, antes de dedicarse “a la ruleteada”, era inspector de Hacienda o de Salubridad y que con las mordidas amasó una fuerte, muy muy fuerte cantidad de dinero. El destino final de su fortuna nunca lo explica, pero siempre queda claro que no la invirtió en arreglar el destartalado coche en el que te está transportando. La variante es que el señor trabajó en Banamex, con los mismos resultados monetarios y el mismo desenlace misterioso. 

Y mi favorita es que una viejita, al llegar a su destino, dice que va a su casa por dinero, pero nunca vuelve. Después de un rato, al preguntar por ella, el dueño de la casa le informa al taxista que esa mujer murió hace una semana. Y si los muertos, pudiendo volar o teletransportarse o robar una camioneta de señora, prefieren viajar en taxi, ¿por qué yo no? 



Tamara de Anda. Periodista. Colabora en la revista Gatopardo.

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